Democracia Sitiada: La Amenaza Interna de la Desinformación

A lo largo de 2024, un año marcado por elecciones en todo el mundo, surgió una tendencia preocupante: el uso generalizado de desinformación tanto por adversarios extranjeros como por figuras políticas nacionales. Este contenido examina la creciente batalla entre la democracia y el autoritarismo, destacando el preocupante aumento de información falsa destinada a engañar a los votantes y socavar los procesos democráticos, especialmente dentro de democracias establecidas como Estados Unidos y Europa.

El año 2024, marcado por numerosas elecciones a nivel mundial, ha puesto de manifiesto una tendencia preocupante: el creciente uso de la desinformación por parte de líderes iliberales, tanto a nivel nacional como internacional. Esta difusión deliberada de información falsa, con la intención de engañar a los votantes, se ha convertido en un desafío significativo para los procesos democráticos en todo el mundo. La evidencia de esto se observa en diversas arenas políticas, desde Estados Unidos hasta Europa, donde figuras políticas emplean activamente tácticas de desinformación para moldear la opinión pública e influir en los resultados electorales.

Un ejemplo llamativo de esta desinformación interna es la retórica empleada por el vicepresidente J.D. Vance y el presidente Donald Trump con respecto al conflicto en Ucrania. En febrero, de manera controvertida, trasladaron la culpa a Volodymyr Zelensky, presentándolo como el obstáculo para la paz en lugar de Vladimir Putin. Esta narrativa, un claro ejemplo de desvío intencionado, contrasta fuertemente con la comprensión ampliamente aceptada de los orígenes y la dinámica actual del conflicto. Además, las declaraciones anteriores de Vance en la Conferencia de Seguridad de Múnich, donde acusó a los líderes europeos de amenazar la democracia al contrarrestar la desinformación, demuestran una preocupante disposición a invertir la realidad y desestimar las preocupaciones legítimas sobre la injerencia extranjera.

Las campañas de desinformación no se limitan a la política interna; son activamente libradas por actores extranjeros que buscan desestabilizar las democracias. Rusia, por ejemplo, se dirige tanto a naciones postcomunistas como Chequia y Rumania, como a democracias establecidas como Alemania y Austria, con su propaganda. Paralelamente, China participa en campañas de desinformación pro-PCCh destinadas a influir en las elecciones en Estados Unidos y Canadá. Irán también contribuye a este panorama creando medios de comunicación falsos diseñados para influir en los votantes estadounidenses. Estas amenazas externas subrayan la naturaleza global del problema de la desinformación y la necesidad de esfuerzos internacionales coordinados para contrarrestarla.

Sin embargo, el aumento de la desinformación desde las propias democracias presenta un desafío posiblemente más perturbador. Los países con sólidas tradiciones de libertad de expresión y flujo de información están experimentando las consecuencias negativas de esta manipulación interna. El Reino Unido fue testigo de disturbios alimentados por la desinformación sobre la violencia de los inmigrantes, lo que demuestra cómo las narrativas falsas pueden incitar directamente a la agitación social. En Alemania, la difusión de teorías conspirativas ha llevado a actos violentos, incluido el ataque al Reichstag y un complot para derrocar al gobierno durante la pandemia. Las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 2016 también vieron el impacto significativo de la desinformación, con aliados como Elon Musk transformando plataformas como Twitter en vehículos para difundir falsedades. Historias fabricadas, como la afirmación infundada de que los solicitantes de asilo haitianos se comían mascotas en Ohio, ejemplifican el uso de información patentemente falsa para explotar los miedos y prejuicios existentes entre los votantes.

Combatir la desinformación, independientemente de su origen, es un imperativo crucial para la salud de las democracias, aunque es una tarea compleja. Los líderes europeos han demostrado una fuerte conciencia de la amenaza que representa la desinformación extranjera y están trabajando activamente para contrarrestar las mentiras y el desvío que están influyendo en los resultados políticos. La suspensión de las recientes elecciones en Rumania debido a la evidencia clara de manipulación rusa destaca el impacto tangible de tal injerencia y la necesidad de una acción decisiva, una preocupación que Vance notablemente desestimó en su discurso de Múnich.

A su favor, la Unión Europea ha reconocido desde hace mucho tiempo el peligro de la desinformación y ha implementado estrategias integrales para mejorar la resiliencia de los estados miembros. La Comisión Europea ha adoptado una postura proactiva, trabajando para mejorar las capacidades de las naciones miembros en la detección, el análisis y la exposición de la desinformación. También se han centrado en fortalecer las respuestas conjuntas, movilizar al sector privado y aumentar la conciencia pública a través de iniciativas como el Plan de Acción sobre Desinformación. Además, el Plan de Acción para la Democracia Europea tiene como objetivo proteger y promover la participación ciudadana significativa, empoderando a las personas para que tomen decisiones informadas en la esfera pública. El Código de Prácticas Reforzado sobre Desinformación invita a diversas partes interesadas a comprometerse a combatir la difusión de información falsa. Estos Planes de Acción, un componente estándar de la gobernanza de la UE, esbozan principios específicos, objetivos políticos y herramientas de implementación.

La UE también ha establecido un marco legal a través de la Ley de Servicios Digitales, que otorga un mayor control sobre el contenido en las grandes plataformas en línea y exige responsabilidad a través de una moderación de contenido mejorada. Contrarrestar la desinformación extranjera ha sido una prioridad clave para la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, quien ha defendido el desarrollo de un escudo de la democracia europea, un esfuerzo que probablemente continuará bajo el nuevo conjunto de Comisarios Europeos. La presidencia rotatoria del Consejo, actualmente en manos de Polonia, también incluye “Resistencia a la injerencia extranjera y la desinformación” como una de sus siete prioridades, lo que subraya el compromiso continuo con este tema.

Si bien la mayoría de los líderes en las democracias occidentales condenan la desinformación descarada y la injerencia electoral por parte de países como China, Rusia e Irán, una iniciativa antidifusión organizada comparable a la de la UE está en gran medida ausente en muchas democracias. En Estados Unidos, existe una preocupante tendencia al retroceso, ejemplificada por las acciones de Donald Trump y sus aliados. Sin una fuerte regulación gubernamental similar al enfoque de la UE, los defensores de una aplicación más agresiva de la ley contra la desinformación, como Bill Adair, fundador de PolitiFact, se ven obligados a proponer soluciones menos impactantes. Estas incluyen llamamientos a una mayor verificación voluntaria de hechos y a que los medios de comunicación cobren más por los anuncios políticos de personas con antecedentes de deshonestidad. Si bien Estados Unidos no puede ni debe adoptar simplemente las regulaciones europeas en su totalidad debido a sus protecciones más amplias de la Primera Enmienda sobre la libertad de expresión, que difieren de las restricciones observadas en países como Alemania con respecto a ciertas manifestaciones políticas, la necesidad urgente de alguna forma de regulación en el mercado de la información es innegable. La disposición de las empresas tecnológicas a facilitar la desinformación, como se ve en la decisión del CEO de Meta, Mark Zuckerberg, de eliminar a los verificadores de hechos, lo que parece ser un intento de mejorar las relaciones con la administración Trump, está echando gasolina al fuego. Las mentiras y la desinformación utilizadas para moldear las actitudes son tan perniciosas y merecedoras de sanción como las que propagan los adversarios extranjeros.

Como el juez de la Corte Suprema Louis Brandeis afirmó famosamente, “la luz del sol es el mejor desinfectante”. En este contexto, el primer paso crucial para combatir la desinformación es nombrarla e identificarla explícitamente por lo que es, particularmente cuando se origina en líderes políticos y sus aliados. La prensa y los analistas políticos que operan libremente en las democracias occidentales hacen un flaco favor al tratar la desinformación propagada por los líderes, ya sea sobre vacunas, COVID, flúor, la negación del cambio climático o los temores antiinmigrantes, como meras disputas políticas convencionales.

Esperamos que nuestros adversarios empleen el engaño y las mentiras para lograr sus objetivos. Sin embargo, nunca debemos tolerar tal comportamiento de nuestros propios líderes. La desinformación es más insidiosa que la simple mentira; su objetivo es manipularnos para que mantengamos creencias y participemos en acciones que son perjudiciales para nuestros propios intereses. Es imperativo que la llamemos por su verdadero nombre.

Las elecciones de 2024 expusieron un preocupante empate entre autoritarismo y democracia, caracterizado por un aumento de la desinformación proveniente tanto de adversarios extranjeros (Rusia, China, Irán) como de actores nacionales dentro de las democracias establecidas. Mientras que la UE ha implementado estrategias integrales para combatir esta amenaza, Estados Unidos se queda atrás, obstaculizado por las protecciones de la Primera Enmienda y la reticencia a regular el mercado de la información. En última instancia, reconocer y nombrar la desinformación, responsabilizar a los líderes por su difusión y exigir transparencia son pasos cruciales para salvaguardar los valores democráticos.

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