Investigadores de la Universidad Northeastern han encontrado una correlación entre los cambios en el cerebro y una disminución en la actividad física, especialmente después de los 49 años. Si bien factores como la pérdida de masa muscular y problemas de movilidad a menudo se citan como razones para la disminución de la actividad en adultos mayores, este estudio sugiere que los cambios en regiones clave del cerebro también podrían jugar un papel significativo.
Investigadores de la Universidad Northeastern han descubierto una correlación entre los cambios en el cerebro y una disminución en la actividad física a medida que las personas envejecen. Esta investigación sugiere que el cerebro puede jugar un papel más significativo en la reducción de la actividad física de lo que se entendía anteriormente, ofreciendo potencialmente nuevas vías para la intervención y la promoción de un envejecimiento saludable.
La sabiduría convencional a menudo atribuye la disminución de la actividad física en adultos mayores a limitaciones físicas, como la pérdida de masa muscular, la disminución de la fuerza y problemas de movilidad. Sin embargo, esta nueva investigación, publicada en el *Journal of Gerontology*, señala los factores neurológicos como un contribuyente clave. Los hallazgos del estudio sugieren que los cambios dentro del cerebro, específicamente en ciertas regiones clave, pueden estar relacionados con la disminución observada en los niveles de actividad física.
El estudio, dirigido por Timothy Morris, profesor asistente de fisioterapia, movimiento humano y ciencias de la rehabilitación, analizó datos del Centro de Cambridge para el Envejecimiento y la Neurociencia. Los datos incluyeron información de ejercicio autoinformada y escáneres de imágenes por resonancia magnética (IRM) de los cerebros de los participantes. Utilizando una técnica estadística llamada regresión por tramos, los investigadores identificaron un punto de divergencia significativo en la asociación entre la edad y la actividad física, que ocurrió alrededor de los 49 años. Este hallazgo los impulsó a investigar los mecanismos neuronales subyacentes que podrían explicar este cambio.
El estudio destaca el papel de la “red de saliencia”, una red de estructuras cerebrales involucradas en orientarnos a los estímulos en el entorno. Esta red, que incluye regiones como la ínsula y la corteza cingulada anterior dorsal, actúa como una especie de moderador interno, evaluando constantemente el entorno y provocando respuestas. Morris explica que la red de saliencia también incluye una subred relacionada con el control inhibitorio, que es la capacidad de suprimir los impulsos habituales e inconscientes.
Morris proporciona un ejemplo práctico: “Digamos que una persona tiene la intención de ir al gimnasio. Vuelves a casa, recoges tu bolso y ves el sofá en la habitación. Tenemos este deseo de minimizar nuestro esfuerzo como humanos. Ahora, debido a que has visto el sofá, tienes que inhibir ese deseo de sentarte en él para ir y ser físicamente activo”. Esto ilustra cómo la red de saliencia y el control inhibitorio trabajan juntos para influir en la decisión de ser físicamente activo.
Los investigadores proponen que el envejecimiento conduce a cambios en la red de saliencia, lo que a su vez impacta los niveles de actividad física. El estudio encontró que la red de saliencia media la asociación negativa entre la edad y la actividad física. A medida que la edad aumenta, la actividad física tiende a disminuir, y la red de saliencia es un actor clave en esta relación.
Esta investigación subraya la compleja interacción entre la función cerebral y el comportamiento físico. La implicación es que mantener la actividad física puede volverse más desafiante a medida que envejecemos, en parte debido a estos mecanismos relacionados con el cerebro. Por lo tanto, las intervenciones destinadas a promover la actividad física deben considerar estos factores neurológicos.
Morris enfatiza la importancia de mantener la actividad física durante la mediana edad, incluso antes de que ocurran disminuciones notables. Sugiere que al apoyar los recursos cognitivos relacionados con la actividad física, las personas pueden mitigar potencialmente el declive relacionado con la edad. Este enfoque implica fortalecer la capacidad del cerebro para iniciar y mantener la actividad física.
Además, la investigación destaca la relación bidireccional entre la actividad física y la salud cerebral. “La actividad física puede beneficiar al cerebro, y el cerebro beneficia nuestra capacidad de participar voluntariamente en la actividad física”, afirma Morris. Este sistema de circuito cerrado sugiere que promover la actividad física no solo puede mejorar la salud física, sino también mejorar la función cognitiva, creando un ciclo de retroalimentación positiva.
El siguiente paso para Morris y su equipo implica realizar un estudio de seguimiento para investigar más a fondo el vínculo causal entre los cambios cerebrales y la actividad física. Este estudio implicará la modificación de las redes de saliencia de los participantes y la observación de los cambios resultantes en sus niveles de actividad física. Esta investigación tiene como objetivo proporcionar evidencia más definitiva e informar intervenciones específicas para promover un envejecimiento saludable y una actividad física sostenida.
Investigación de la Universidad Northeastern muestra una correlación entre cambios en la red de saliencia del cerebro, especialmente en el control inhibitorio, y la disminución de la actividad física alrededor de los 49 años. Esto sugiere que cambios cerebrales, no solo limitaciones físicas, contribuyen a la reducción del ejercicio al envejecer, resaltando la importancia de mantener la actividad física en la mediana edad para fortalecer los recursos cognitivos y potencialmente romper este ciclo. Investigaciones futuras buscan establecer una relación causal, subrayando que un cerebro sano puede impulsar un estilo de vida saludable y activo.
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