Por qué esa comida aún te enferma: Aversiones duraderas del cerebro

¿Alguna vez has comido algo que te hizo sentir mal, y años después, todavía no soportas la idea de ello? Eso no es solo mala suerte; es tu cerebro trabajando arduamente. Un estudio reciente de la Universidad de Princeton, publicado en Nature, revela cómo el cerebro forma aversiones alimentarias duraderas al procesar señales del intestino.

La intoxicación alimentaria es una experiencia común y desagradable, pero su impacto puede perdurar mucho más allá de la enfermedad inicial. ¿Alguna vez te has encontrado años después todavía incapaz de tolerar un alimento en particular que una vez te enfermó? Esto no es solo una peculiar aversión personal; es un proceso de aprendizaje sofisticado orquestado por tu cerebro. Un estudio innovador de la Universidad de Princeton, publicado recientemente en la prestigiosa revista *Nature*, profundiza en los intrincados mecanismos neuronales que subyacen a este fenómeno, revelando cómo las señales relacionadas con la enfermedad provenientes del intestino forjan aversiones alimentarias duraderas al activar vías específicas en el cerebro. Esta investigación arroja luz sobre la poderosa y perdurable conexión entre nuestro sistema digestivo y nuestros procesos cognitivos, particularmente la memoria y la toma de decisiones.

El campo floreciente de la neurociencia está reconociendo cada vez más la profunda influencia del eje intestino-cerebro, una compleja red de comunicación bidireccional que se extiende mucho más allá de la regulación de la digestión. Esta intrincada conexión juega un papel crucial en la configuración de nuestras emociones, influyendo en nuestras capacidades cognitivas e incluso dictando nuestros comportamientos. El desarrollo de aversiones alimentarias duraderas después de episodios de intoxicación alimentaria sirve como un ejemplo convincente de este poderoso vínculo. Estas experiencias demuestran cómo una enfermedad física que se origina en el intestino puede conducir a alteraciones duraderas en nuestras preferencias y comportamientos alimenticios. Como señala el autor principal, el Dr. Christopher Zimmerman, becario postdoctoral en el Instituto de Neurociencia de Princeton, “No he tenido intoxicación alimentaria en un tiempo, pero ahora, cada vez que hablo con la gente en las reuniones, escucho todo sobre sus experiencias de intoxicación alimentaria”. Esta evidencia anecdótica subraya la naturaleza generalizada y memorable de estas aversiones.

Históricamente, el estudio de la aversión gustativa condicionada ha proporcionado valiosos conocimientos sobre cómo las experiencias negativas asociadas con alimentos específicos pueden conducir a su evitación. La investigación en esta área ha demostrado consistentemente que cuando los individuos consumen un alimento en particular y posteriormente experimentan náuseas o vómitos, a menudo desarrollan una fuerte aversión a ese alimento, una aversión que puede persistir durante décadas, a veces incluso toda la vida. A pesar de estos hallazgos establecidos, los mecanismos precisos por los cuales el cerebro procesa las señales del sistema digestivo para influir en el aprendizaje y la memoria en este contexto han permanecido en gran medida desconocidos. Han persistido preguntas sobre cómo el cerebro integra estas señales viscerales para formar asociaciones tan potentes y duraderas. Abordar estas brechas de conocimiento es crucial para desarrollar intervenciones efectivas para afecciones donde esta vía de comunicación vital puede verse interrumpida.

El reciente estudio de Princeton tuvo como objetivo desentrañar el misterio de cómo las señales relacionadas con la enfermedad provenientes del intestino influyen en la memoria y la toma de decisiones. Para investigar esto, Zimmerman y sus colegas emplearon un experimento cuidadosamente diseñado utilizando ratones. Primero, introdujeron a los ratones un sabor novedoso que nunca habían encontrado antes: Kool-Aid de uva. Como explica Zimmerman, aunque no es un alimento típico, Kool-Aid ofrece un perfil de sabor más complejo que el azúcar simple, lo que lo convierte en un modelo un poco más realista para una comida. Aproximadamente 30 minutos después de consumir el Kool-Aid, los ratones recibieron una inyección de cloruro de litio, una sustancia conocida por imitar los síntomas de la intoxicación alimentaria. Este proceso de condicionamiento tenía como objetivo asociar el sabor novedoso con la posterior experiencia de enfermedad.

Cuando se les hizo la prueba dos días después, los resultados fueron sorprendentes. Se les dio a los ratones la opción de beber Kool-Aid o agua. La gran mayoría de los ratones condicionados evitaron enérgicamente la bebida con sabor, una clara demostración de que habían formado una fuerte aversión a ella. En contraste, los ratones de control que habían recibido Kool-Aid pero ninguna inyección que indujera la enfermedad continuaron bebiéndolo normalmente, lo que confirmó que la aversión era un resultado directo de la asociación entre el sabor y la enfermedad inducida. Esta evidencia conductual proporcionó una base sólida para explorar la actividad neuronal subyacente.

Para comprender la respuesta del cerebro, los investigadores utilizaron técnicas de imagen cerebral para rastrear la actividad neuronal en diferentes regiones. Sus investigaciones revelaron que las neuronas de la amígdala central, una región del cerebro conocida por su papel crucial en el aprendizaje emocional, se activaron en múltiples puntos clave del proceso. Estas neuronas mostraron actividad mientras los ratones inicialmente bebían el líquido novedoso, nuevamente mientras experimentaban la enfermedad inducida y, significativamente, una vez más cuando más tarde recordaron la experiencia negativa. Como destaca Zimmerman, “Si observas todo el cerebro, donde se representan los sabores novedosos versus los familiares, la amígdala resulta ser un lugar realmente interesante porque se activa preferentemente por los sabores novedosos en cada etapa del aprendizaje”. El estudio también indicó que otras regiones del cerebro, incluidas las involucradas en la percepción del gusto, el procesamiento sensorial general y el aprendizaje emocional, contribuyeron a la formación y recuperación de esta memoria aversiva.

Crucialmente, el equipo de investigación identificó una conexión neuronal vital entre el intestino y el cerebro que es esencial para este proceso de aprendizaje. Identificaron un conjunto específico de neuronas ubicadas en el cerebro posterior que producen el péptido relacionado con el gen de la calcitonina (CGRP). El CGRP es una proteína conocida por transmitir señales relacionadas con el dolor y el malestar en todo el cuerpo. Se descubrió que estas neuronas productoras de CGRP se proyectan directamente a la amígdala central, estableciendo una línea directa de comunicación entre el intestino y este centro clave de aprendizaje emocional.

Para probar definitivamente el papel de estas neuronas CGRP en la formación de la aversión alimentaria, los investigadores emplearon la optogenética, una técnica sofisticada que permite el control preciso de la actividad neuronal mediante la luz. Al estimular artificialmente estas neuronas CGRP en ratones sanos, incluso sin inducir una enfermedad real, pudieron hacer que los ratones desarrollaran una aversión al Kool-Aid. Esto demostró que la activación de esta vía neuronal específica era suficiente para desencadenar la aversión. Por el contrario, cuando los investigadores desactivaron estas neuronas CGRP, los ratones no lograron formar una aversión alimentaria después de experimentar la enfermedad, lo que confirmó que estas neuronas no solo son suficientes sino también necesarias para este proceso de aprendizaje en particular.

A diferencia del aprendizaje de causa y efecto inmediato, como el reflejo de retirada rápida al tocar una estufa caliente, la intoxicación alimentaria implica un retraso significativo entre el consumo del alimento y la experiencia de la enfermedad, un fenómeno conocido como la brecha “comida-malestar”. El estudio propone un mecanismo fascinante para salvar esta brecha temporal. Sugiere que los sabores novedosos pueden “etiquetar” ciertas células cerebrales, haciéndolas esencialmente sensibles a las señales relacionadas con la enfermedad durante horas después del consumo. Este proceso de “etiquetado” permite que el cerebro asocie la enfermedad con el alimento ingerido previamente, incluso cuando hay un retraso considerable entre los dos eventos. Como dice elocuentemente la coautora, la Dra. Ilana Witten, profesora de neurociencia en el Instituto de Neurociencia de Princeton, “Era como si los ratones estuvieran pensando en el pasado y recordando la experiencia anterior que les hizo sentirse mal más tarde. Fue muy bueno ver esto desarrollándose a nivel de neuronas individuales”.

Las implicaciones de estos hallazgos se extienden mucho más allá de comprender por qué evitamos los alimentos que nos enfermaron. Muchas afecciones que involucran una comunicación desregulada intestino-cerebro, como el síndrome del intestino irritable (SII), los trastornos de ansiedad y las náuseas crónicas, pueden involucrar vías neuronales similares. Las personas con SII a menudo experimentan una mayor sensibilidad intestinal, y la investigación sugiere que el estrés emocional puede exacerbar significativamente sus síntomas. De manera similar, las personas que sufren trastornos de ansiedad con frecuencia informan malestar gastrointestinal, lo que destaca el vínculo intrincado y, a menudo, bidireccional entre la regulación emocional y la salud digestiva.

Al identificar los circuitos neuronales específicos que transmiten las señales de angustia intestinal al cerebro, este estudio proporciona una base crucial para explorar nuevas estrategias de tratamiento para estas afecciones debilitantes. Dirigirse a las neuronas CGRP o sus conexiones con la amígdala central podría ofrecer nuevas vías para aliviar los síntomas en afecciones donde el malestar intestinal desencadena angustia emocional y viceversa. Curiosamente, los fármacos que modulan la actividad del CGRP ya se están investigando para el tratamiento de las migrañas y podrían adaptarse potencialmente para su uso en trastornos donde la comunicación intestino-cerebro está desregulada. Como señala Zimmerman, “A menudo, cuando aprendemos en el mundo real, hay un largo retraso entre la elección que hemos hecho y el resultado. Pero eso no se suele estudiar en el laboratorio, por lo que realmente no entendemos los mecanismos neuronales que sustentan este tipo de aprendizaje con retraso prolongado”. Agrega, “Nuestra esperanza es que estos hallazgos proporcionen un marco para pensar cómo el cerebro podría aprovechar la memoria para resolver este problema de aprendizaje en otras situaciones”. Esta investigación no solo ilumina los mecanismos detrás de la aversión alimentaria, sino que también ofrece un modelo valioso para comprender cómo el cerebro aprende de las consecuencias retrasadas en una amplia gama de contextos.

Este estudio revela que la intoxicación alimentaria genera aversiones duraderas al activar las neuronas CGRP en el cerebro posterior. Estas neuronas transmiten señales de malestar a la amígdala, estableciendo una fuerte asociación entre el alimento y la enfermedad, incluso con una reacción tardía. Comprender esta conexión intestino-cerebro podría abrir nuevas vías para tratar afecciones como el SII y la ansiedad, demostrando el profundo impacto del sistema digestivo en nuestras memorias y emociones. ¿Podría el desbloqueo de estas vías neuronales ofrecer nuevos enfoques para manejar el malestar crónico y la angustia emocional?

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