El mundo en llamas: Ascenso al conflicto

Las recientes conmemoraciones del fin de la Segunda Guerra Mundial han coincidido con una creciente sensación de inestabilidad global y un descenso hacia un potencial conflicto a gran escala. Este artículo examina el colapso del orden posterior a la Segunda Guerra Mundial, el aumento de conflictos interconectados en todo el mundo y el papel cambiante de Estados Unidos en un mundo que lucha con el flujo geopolítico.

En un mundo que se enfrenta a conflictos en escalada y a una percibida declinación del orden global establecido, el espectro de una tercera guerra mundial se cierne, particularmente mientras antiguos aliados conmemoran el 80 aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial. Esta sensación de conflicto inminente se alimenta de varios factores, incluyendo el debilitamiento de la Pax Americana, la interconexión de varios conflictos, la creciente disposición a recurrir a la violencia patrocinada por el estado y la creciente irrelevancia de las instituciones diseñadas para mantener el orden basado en reglas.

El artículo destaca una serie de brutales muestras de estos problemas, citando conflictos en Cachemira, Khan Younis, Hodeidah, Puerto Sudán y Kursk, donde las explosiones y el desprecio por las reglas establecidas son la norma. Fiona Hill, analista de políticas y asesora del gobierno del Reino Unido, incluso argumenta que una tercera guerra mundial ya ha comenzado, incluso si aún no se reconoce por completo. Este sentimiento se hace eco de preocupaciones anteriores, como las expresadas en las conferencias Reith de 1967 y 1999, que exploraron el concepto de un mundo sin control.

David Miliband, exsecretario de Relaciones Exteriores laborista, captura la esencia del actual flujo geopolítico, comparándolo con la transición significativa de la Guerra Fría a un mundo unipolar en 1989-90. Identifica a la administración Trump como un síntoma y una causa de estos cambios, señalando la incertidumbre sobre la dirección futura del orden global. Si bien se habla de un mundo multipolar, Miliband considera que el concepto transmite demasiada estabilidad y seguridad, dada la inestabilidad actual.

Tony Blair, mentor de Miliband, también interviene, enfatizando el profundo impacto y la frenética búsqueda de opciones a medida que las naciones reconsideran sus posiciones y relaciones. Antony Blinken, exsecretario de Estado de EE. UU., considera las acciones de Donald Trump como una forma de vandalismo, expresando preocupación por la erosión de la confianza y las alianzas construidas durante 80 años. Advierte que el potencial de que los países evadan a EE. UU. y la imprevisibilidad de la política exterior estadounidense están socavando la posición global de Estados Unidos.

Las consecuencias de la retirada de Estados Unidos son evidentes en varios conflictos en todo el mundo. En Gaza, el artículo señala el bloqueo en curso, desafiando las órdenes de la corte internacional, y las acciones de Israel, incluyendo campañas de bombardeo en Yemen, Líbano, Siria y Gaza. El artículo destaca las controvertidas declaraciones de Bezalel Smotrich, el ministro de finanzas ultra-derechista de Israel, con respecto al futuro de Gaza, que se perciben como un plan para vaciar Gaza de palestinos.

Líderes europeos, como Maxime Prévot y Emmanuel Macron, han expresado su preocupación por la situación en Gaza, condenando el bloqueo y pidiendo una respuesta europea unida. Sin embargo, el artículo señala la dificultad para lograr consenso, como lo demuestra el fracaso de los ministros de Relaciones Exteriores europeos para acordar una declaración o acción conjunta. El artículo también señala la destrucción de infraestructura en Puerto Sudán y Hodeidah, y el fracaso del gobierno sudanés para responsabilizar a los Emiratos Árabes Unidos por apoyar a las RSF.

El conflicto en Cachemira también destaca la ausencia de interés estadounidense. Estados Unidos carece de embajadores en India y Pakistán, y el conflicto recibe poca atención en los medios estadounidenses. El artículo enfatiza el papel de la intervención estadounidense en disputas pasadas y lo contrasta con la actual falta de compromiso. El artículo también señala el cambio en el marco del problema por parte de India, pasando del terrorismo a una disputa estado-estado.

La guerra en Ucrania sirve como punto focal donde convergen los elementos estructurales de una guerra mundial. El artículo cita el argumento de Fiona Hill de que se trata de “conflictos que cambian el sistema con cargas multivectoriales de países involucrados”. La participación de China, Corea del Norte e Irán en el apoyo a Rusia, junto con otras naciones que han mantenido lazos económicos con Rusia, complica aún más la situación.

El artículo toca la idea de que el conflicto es presentado por Rusia y sus aliados como una guerra sobre la hegemonía estadounidense. Discute el plan de Trump para distanciar a Estados Unidos del conflicto y su deseo de restablecer las relaciones con Rusia. Sin embargo, el artículo señala las dificultades que Trump ha enfrentado para lograr sus objetivos.

El artículo también destaca un cambio de ánimo en Washington, con algunas figuras, como JD Vance, reconociendo la necesidad de unidad europea y estadounidense. Los líderes europeos reconocen la necesidad de operar de forma autónoma de Estados Unidos, dada la falta de fiabilidad de Trump. Se está planificando una fuerza de seguridad europea en Ucrania, así como la planificación de un posible ataque ruso a Europa.

El presidente alemán, Frank-Walter Steinmeier, enfatiza la doble necesidad de que Europa esté preparada para la guerra, dada la guerra en Ucrania y la ruptura de Estados Unidos con sus valores. Llama a Europa a decidir qué viene después, señalando el final del largo siglo XX.

El mundo enfrenta una rápida erosión del orden posterior a la Segunda Guerra Mundial, caracterizada por conflictos crecientes, un liderazgo estadounidense en declive e inestabilidad. Las reglas establecidas se ignoran, y las naciones reevalúan alianzas y estrategias de seguridad. Europa, ante la falta de fiabilidad de EE. UU., se ve obligada a forjar su propio camino y reforzar su defensa, enfrentando una nueva era de multipolaridad y potencial conflicto.

El momento de la complacencia ha terminado; el futuro depende de la capacidad de Europa para actuar con decisión y salvaguardar su propia seguridad en un mundo a la deriva.

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